Marruecos, a la vuelta de la esquina.

Y aún así tan sorprendente. Lo considero el viaje ideal si lo que buscamos es un contraste cultural importante sin alejarnos mucho de casa. Los colores, los olores y los paisajes inspiran exotismo. Y para los amantes de la cultura musulmana, sin duda, será toda una experiencia.

Estaba en los primeros puestos de mi lista de países por visitar. A lo largo de mi vida, he tenido la oportunidad de entrar en contacto con muchas personas marroquíes. Y como siempre que conozco a alguien extranjero, aprovecho para hacer mi particular entrevista sobre su país. Todo lo que me contaban me parecía curioso y mis ganas por conocer algo tan diferente se hacían siempre más y más grandes. Finalmente, el mayo pasado, tuvimos la oportunidad de hacer un escapadita de 4 días. Nos decidimos por la gran ciudad imperial de Fez y aprovechamos para realizar algunas excursiones, en las cuales visitamos Chefchaouen, Meknés, Volubilis y Moulay Idriss. Si queréis conocer más detalles y algunas recomendaciones para el viaje, seguid leyendo.

Vistas de la ciudad de Fez

ANTES DE IROS

Internet móvil.

Antes de salir de Italia, nos informamos acerca del funcionamiento de nuestra línea en Marruecos. Lo que nos ofrecía nuestra compañía telefónica era bastante caro, así que nos pusimos en contacto con un amigo marroquí para preguntarle cuál era la mejor opción. Él nos recomendó que nos comprásemos una tarjeta allí, y así lo hicimos. En una tienda de snacks y souvenirs del aeropuerto, nos compramos una tarjeta móvil (50Dh) y una recarga de internet de 2Mb (20Dh). Es bastante conveniente, por lo que os aconsejo informaros si las compañías telefónicas de vuestro país os hacen una buena oferta u os conviene más hacer lo mismo que nosotros.

Enchufes.

Para clavijas tipo f (el modelo español), NO es necesario un adaptador.

Cambio de moneda.

El cambio de moneda en el aeropuerto en Italia, tampoco era nada conveniente, así que esperamos hasta llegar a Marruecos para hacer el cambio. En el aeropuerto de Fez, hicimos el cambio sin comisiones.

El cambio en este momento es 1 Dh = 0,092€.

Seguro de viajes.

Siempre que se salga de la UE, es recomendable contratar un seguro que cubra los inconvenientes sanitarios que puedan surgir durante el viaje. Después de comparar las ofertas de distintas aseguradoras, nos decidimos por Allianz, ya que la relación entre cobertura sanitaria y precio era muy buena.

¿Cómo me debo vestir?

Se recomienda que tanto hombres como mujeres, no usen pantalones o faldas que no cubran las rodillas, camisetas sin mangas o ropa muy ajustada. Sin embargo, una vez allí, vimos que, por parte del turista, no siempre se cumplen estas normas.

Nosotros, cuando viajamos, tratamos de respetar siempre las costumbres y usanzas del lugar al que vamos. Así, llenamos nuestras maletas con prendas discretas y de tejidos lijeros como el lino o el algodón, ya que, en mayo, las temperaturas en Marruecos suelen ser elevadas.

FEZ, LA CAPITAL DE LA CULTURA Y LA ESPIRITUALIDAD MARROQUÍ

El jueves, llegamos al Aeropuerto Fes Saiss, con un vuelo directo desde Pisa. Nada más llegar, tuvimos que rellenar una tarjetita con nuestra procedencia y el objetivo de nuestro viaje a Marruecos y, luego, entregarla en el control de pasaportes. El aeropuerto era pequeño, pero muy mono y muy limpio.

Después de pasar el control del pasaportes, cambiar el dinero y comprar una tarjeta de teléfono, buscamos la parada de taxis y nos dirigimos hacia ella. Habíamos leído en varios blogs que era conveniente acordar el precio antes de subirse al taxi, y así lo hicimos. La tarifa oficial desde el aeropuerto a Fez, es de 120Dh, un poquito más caro si tenéis que llegar hasta la medina, como era nuestro caso (150Dh).

En ese momento no sabíamos que estaba por empezar nuestra odisea para llegar al riad. Poco después de haber emprendido el viaje con nuestro taxista, otro taxi nos adelantó y ambos se pararon en el borde de la carretera. El conductor del otro coche se bajó y se acercó a nosotros, nos abrió la puerta de atrás y, con un inglés rudimentario, nos dijo que fuésemos con él. ¡Nos quedamos con los ojos como platos! Nos explicaron que eran amigos, pero a pesar de esto, no nos hacía ninguna gracia tener que cambiar de coche en mitad de la carretera. Preguntamos los motivos por los que teníamos que cambiar, pero ellos no nos decían nada. Así que mi novio, enfadado, se negó a cambiarse de coche y nos fuimos en el mismo taxi que estábamos yendo.

Unos minutos después, nos dejó en la famosa puerta azul: Bab Bou Jeloud, la entrada principal occidental de la antigua medina de Fez. Y aquí se complicó un poco más la historia. Nos acercamos a distintos vendedores para pedir indicaciones para llegar al riad, pero increíblemente, se negaban a decirnos nada, sin mirar tan siquiera la dirección. De repente, un chiquillo se nos acercó y se ofreció a acompañarnos, ¡menos mal! Nos dejó en la misma puerta del riad a cambio de una propina.

Habíamos elegido el Riad Al Pachá, y nada más llegar, intuímos que no nos habíamos equivocado. Todo el personal se mostró disponible, amable y con una gran sonrisa desde el primer momento. Nos invitaron a sentarnos en su patio y nos ofrecieron té y unos dulces con coco. Como mi novio es musulmán y estaba también en Ramadán, solo yo pude disfrutar de ellos. A cambio, los chicos del riad, lo invitaron a ir a picar algo con ellos en la hora en la que se rompe el ayuno, ya que la cena sería más tarde.

Mohamed, el chico de recepción, nos acompañó a nuestra habitación. Por suerte, la misma que me había gustado en las fotos cuando la reservamos en Booking. Estaba justo debajo de la terraza del hotel y las vistas eran impresionantes. Nos permitían una panorámica de 180 grados sobre la medina, además de una vista hacia la parte norte de la ciudad que incluía Borj Norte y las Tumbas Merenidis. La estructura de la cama, las mesitas y el armario eran al más puro estilo marroquí. Los techos y las paredes estaban plagados de característicos labrados en madera blancos. La única pega de la habitación fue el baño, limpio, pero sin ventana y la ducha sin mampara ni cortinilla. Consecuencia de ello, los días siguientes sufrimos el olor a humedad cada vez que se entraba en él.

Después de enseñarnos la habitación, Mohamed nos acompañó a la terraza y, desde allí, nos explicó dónde podíamos encontrar los principales puntos de interés de la medina. La vista era todo un espectáculo y la brisa, todo un regalo en aquellos ardientes 35 grados de temperatura.

Bajamos a la habitación a descansar media horita y a darnos una ducha. Luego volvimos al patio, donde nos esperaba de nuevo Mohamed con un mapa. Nos dió unos cuantos consejos para un primer contacto con la ciudad y después de ello, salimos a explorar Fez. Eran sobre las tres de la tarde y la medina estaba vacía de turistas. Creo que por este motivo, no conseguíamos dar dos pasos sin que se nos parara para ofrecernos algún tipo de producto. Caminamos sin demasiadas pausas para evitar tener que escabullirnos de los vendedores. No íbamos con ninguna meta concreta, pero sí intentábamos fijarnos en todo lo que veíamos para luego no perdernos.

Vimos puestos de todo tipo: desde negocios de alimentación, hasta negocios de artesanías o incluso, locales que podrían ser comparados con nuestros bazares. A medida que pasaba el tiempo, iba apareciendo más gente por las calles y la actividad comercial aumentaba. Los olores a especias eran casi una constante. La gente cargada con bultos pedía paso a los turistas. Era fácil perderse ante estímulos tan diferentes a los que estamos acostumbrados.

De vuelta al riad, nos paramos a comprar algunos alimentos típicos: dátiles, olivas, chebakia y briouats (dulces con miel y semillas de sesamo); que servirían a mi novio para comer de noche, antes de la salida del sol y de reiniciar el ayuno.

Volvimos un ratito a la terraza del riad y allí conocimos a otra pareja italiana. Habían venido en el mismo vuelo y estarían en la ciudad hasta el domingo, como nosotros. Estuvimos compartiendo primeras impresiones y hablando de las excursiones que ofrecía el riad. No habíamos contratado nada antes de ir, aunque teníamos en mente algunos lugares que queríamos visitar. Sin embargo, gracias a Samir, el manager riad, y Mohamed, pudimos elegir las mejores opciones. Ellos mismos contactaron con los taxistas que nos llevarían a las excursiones del sábado y el domingo. Y al ir las dos parejas juntas, pudimos ahorrar un dinerillo.

La hora de iftar es el momento en el que los musulmanes pueden romper el ayuno en el mes de Ramadán. Este momento venía señalizado por la llamada al rezo de las mezquitas y por una estampida en el museo de armas, situado justo detrás del hotel. Un par de minutos antes, mi novio bajó al patio donde compartiría ese momento con los trabajadores del riad. Mientras, yo aproveché para hacer algunas fotos de la panorámica de la ciudad con las luces del atardecer.

Museo de armas

En realidad, ese era uno de mis momentos favoritos del día. Me encantaba escuchar la llamada al rezo de la mezquita, el canto de los pájaros, sentir la brisa que refrescaba aquellas tardes calurosas y ver las luces de la ciudad que se encendían mientras el sol se ponía. Lo reconozco, soy una romántica.

Mezquita Kairaouine

Esa noche cenamos en el hotel. Nos habían dado el menú y habíamos elegido en el momento de la llegada, ya que todos los platos eran hechos con alimentos frescos comprados esa misma tarde en el mercado. Bajamos un poquito antes y nos relajamos mientras los chicos preparaban el patio para la cena. El ambiente era encantador.

Empezamos a cenar. De primero, una cata de distintas preparaciones vegetarianas, algunas de ellas con un característico sabor dulce. Además, para mi novio pedimos también harira, una sopa hecha con verduras, legumbres, pasta y carne; típica de la cocina marroquí y muy habitual durante el Ramadán. Como segundo pedimos b’stilla (una especie de pastel salado). Pedimos una de pescado y otra de pollo, con la intención de dividirlas y probar ambas. Nos sorprendió que la b’stilla de pollo fuese decorada con azúcar glass y canela, pero la combinación era excepcional. Como postre, nos sorprendieron con una copa de cheesecake con un puré de fresa casero espectacular. Si tenéis curiosidad por ver toda esta cata gastronómica, encotraréis los vídeos en los stories destacados de Marruecos en mi Instagram.

Por si fuera poco, la velada fue aderezada con un concierto de música andalusí en directo. Y la verdad, es que es curioso como algunos fragmentos, me recordaban al flamenco.

Ya después de cenar, el cansancio nos podía, así que subimos a nuestra habitación, donde caímos en un abrir y cerrar de ojos.

LA MEJOR FORMA DE CONOCER LA MEDINA

Nuestro plan para el viernes era una visita guiada de la medina de Fez. Consideramos que contratar un guía privado para descubrir la ciudad, es la mejor opción para no pasar demasiado tiempo perdidos. Estando mi novio en Ramadán, optamos por el tour de media jornada, ya que el de todo el día, podría ser demasiado en una situación de ayuno y de temperaturas elevadas. Aún así, el tiempo nos bastó para ver los principales puntos de interés de la zona con calma.

Si también vosotros queréis contratar un guía, os aconsejo que lo hagáis a través de vuestro riad u hotel, como hicimos nosotros. En el caso de que lo hagáis por vuestra cuenta, os recomiendo que os aseguréis de que sea un guía oficial, para evitar posibles estafas. Las tarifas oficiales son de 250Dh el de media jornada y de unos 400 – 500Dh todo el día. Nuestro riad, a pesar de hacer de intermediario, no nos cobró un suplemento, y el pago, fue realizado integramente al guía una vez llegamos de vuelta al hotel.

Se recomienda además. que al contratar al guía, se deje claro si no se tiene la intención de comprar en los negocios locales. Por lo que hemos leído, algunos guías tienden a llevar a los turistas a los negocios, llegando incluso a pedir un suplemento si decidís no comprar. Nosotros no lo hicimos, y aún así, nuestro guía no nos llevó más que a los negocios en los que podíamos aprender algo de la artesanía local, sin obligación de comprar nada. Supongo que es una cuestión de suerte.

¿Y por qué conviene contratar un guía? Pues bien, la de Fes es la medina más grande del mundo. Cuenta con más de 9000 callejuelas en las que perderse. Orientarse no es fácil y para mí, las indicaciones no son suficientes ni visibles cuanto deberían serlo (aunque bueno, yo me pierdo hasta en mi propia ciudad…). Para los que tengáis un mejor sentido de la orientación, o para los que tengáis más tiempo a disposición para poder permitiros el lujo de perderos, que sepáis que, en la ciudad, se encuentran indicadores de rutas en distintos colores según la temática o el interés.

Vamos entonces con lo que fue nuestra segunda jornada. El guía no llegaría hasta las 10, así que nos levantamos con calma. Era una gozada despertarse con el canto de los pajarillos y del pavo real que había en el jardín adyacente al riad. Me recordaba a los despertares en mi tierriña (Galicia), que tanto echo de menos. Nos preparamos y bajamos al patio donde nos me sirvieron el desayuno. Fue todo un despliegue: fruta, zumo de naranja, yogurt, pan, aceite de oliva, olivas, mantequilla, mermeladas artesanales, dulces caseros y té (o café). Poco después de terminar, llegó Abdul, nuestro fantástico guía, e iniciamos nuestro recorrido.

En un mapa situado en las inmediaciones del riad, Abdul nos explicó los orígenes y la estructura de la ciudad. Aunque ya habíamos leído sobre ello, verlo in situ, ayuda a orientarse y entenderlo un poco mejor.

Para que sea más fácil explicarlo, os cuento resumidamente la historia de la ciudad. Fez fue creada en el siglo VIII bajo las órdenes de Idriss I, el primer fundador de una dinastía marroquí. A su muerte, su hijo Idriss II continuó con el proyecto ideado por su padre y la convirtió en una ciudad próspera, adquiriendo el mérito de su fundación. Inicialmente, era una ciudad bereber, pero poco tiempo después, en ella se asentaron refugiados musulmanes españoles y portugueses. Posteriormente, algunas familias árabes procedientes de Túnez llegaron a la ciudad, poniendo las bases a la riqueza cultural y religiosa que se desarrollaría en la ciudad. Esta parte de la ciudad, hoy en día es conocida como la antigua medina o Fez el-Bali.

La paz de la ciudad se vió un poco trastocada a partir del siglo X, con los continuos problemas políticos y cambios de dinastías. Sin embargo, la ciudad continuó teniendo una gran importancia en el desarrollo intelectual de la cultura marroquí. En el siglo XIII, el sultán merenidi Yusuf Yacoub, ordenó la fundación de un nuevo barrio en donde establecerse y protegerse de sus propios subditos. En la actualidad, esta parte de la ciudad conforma la medina nueva o Fez el-Jdid, y como véis, a pesar del nombre, cuenta con unos cuantos siglos de actualidad.

Más recientemente, a la ciudad se le añade una tercera zona, que a su vez no forma parte de la medina. Se trata de Ville Nouvelle y en ella viven las clases pudientes de Fez y los extranjeros residentes en la ciudad. A nivel turístico, no atrae un gran número de visitantes, ya que no ofrece grandes atractivos con respecto a la medina.

Os dejo un link a un mapa que os permitirá ver gráficamente las tres zonas que os acabo de explicar.

Nuestro riad se encontraba en Fez el Bali, por lo que nuestro recorrido empezó aquí. Caminamos por Tala Kbira, una de las dos calles principales de la antigua medina, y nos encontramos con la famosa Madrasa Bou Inania. Se trata de una de las escuelas islámicas más importantes de Fez y de Marruecos. Justo enfrente, pudimos ver también el antigo reloj de agua o Clepsidra de Dar al – Magana. Forma parte del complejo de la Madrasa y hoy en día, está inactivo. El secreto de su sistema de funcionamiento se fue a la tumba con su creador.

Dar al-Magana

Un poco más adelante, nos llamó la atención una calle llena de cerámica y otras artesanías plagadas de color. Pero continuamos caminando por Tala Kbira, donde la mayor parte de los puestos del mercado estaban cerrados, ya que el viernes, es el día de fiesta para los musulmanes.

Poco después, llegamos a la Puerta Azul o también conocida como Bab Bou Jeloud. A pesar de su nombre, en la parte que da a la antigua medina, es verde, el color del islam. Sin embargo, una vez la atravesamos, pudimos descubrir su cara más conocida, y por fin, su color azul, símbolo de la ciudad de Fez.

Puerta Bab Bou Jeloud (vista desde Fez el-Jdid)
Puerta Bab Bou Jeloud (vista desde Fez el-Bali)

Cruzada la puerta, estábamos ya Fez el-Jdid. Continuamos caminando, fijándonos en la muralla que rodea la ciudad, y poco después nos vimos inmersos en un oasis verde. Se trataba de los Jardines Bou Jeloud o Jnan Sbil. Pasear en un espacio abierto con fuentes e incluso con un lago, parece transportarte lejos de la medina y de todo lo que uno se imagina cuando piensa en Marruecos. Sin embargo, encontrarse con detalles como la estrella de su bandera realizada con plantas o los edificios característicos que lindan con el parque, te devuelven a este bello país del Magreb.

El ambiente de los jardines es muy tranquilo. Abdul nos explicó que era un lugar muy frecuentado para relajarse y escapar del caos de la medina. Incluso pudimos ver como era el lugar elegido por los más jóvenes para estudiar y realizar las tareas de la escuela.

Poco después de salir de los jardines, llegamos al mellah, el barrio judío. Su fundación data del siglo XIV y fue provocada por la llegada de refugiados judíos a la ciudad. Es una zona muy característica por sus balcones de madera y enrejados de hierro forjado. Estos, dan directamente a la calle, en contraste con las construcciones típicas marroquíes, cuyas ventanas están dirigidas hacia patios internos.

En la actualidad, el pueblo judío se ha ido repartiendo por el resto de la ciudad, saliendo de la situación de aislamiento que le podía ofrecer el “ghetto”. Y aunque los mercaderes marroquíes se hayan hecho con los mercados de la zona, el mellah mantiene su esencia en cuanto a arquitectura se refiere.

Abdul nos explicó que la relación entre musulmantes y judíos actual era buena. Aún así, en sus inicios, la comunidad ebraica prefirió tomar una posición estratégica. Las casas del barrio están construídas pegadas al Palacio Real, lo que les aseguraba una mayor protección por parte del sultán.

Mientras nos contaba esto, yo me dispuse a hacer una foto de las casas pegadas al Palacio Real. De repente, escuchamos un grito y un militar me indicó que no hiciese la foto. Abdul se dio cuenta y me explicó que podía hacer la foto siempre que el militar no saliese. Entonces con gestos le pedí perdón y él, amablemente, sonrió y me hizo el gesto de que no pasaba nada. Con el susto aún en el cuerpo, continuamos caminando, ya que estábamos a pocos pasos de la fachada de Dar el-Makhzen.

El lugar del susto. Debajo de estas torres es encuentra la entrada lateral del Palacio Real.

La entrada al Palacio Real (Dar el- Makhzen) no está abierta al público. A pesar de ello, merece la pena visitarlo para admirar sus siete bellas puertas de bronce, símbolo de los siete días de la semana y de los siete grados de la monarquía. Además, a esto habría que sumar los característicos zellij, mosaicos decorativos hechos con trozos de azulejos, y los elementos realizados en cedro tallado.

Después de esta visita, habíamos visto ya todos los puntos de interés de la medina nueva, así que cogimos un petit taxi para volver a Fez el-Bali. Una vez allí, empezamos a callejear por el Barrio Andaluz y después de una zona de mercado, nos encontramos con la Mezquita Andalusí. Nos paramos, ya que mi novio quería entrar, pero se tuvo que quedar con las ganas. A pesar de que el guía defendió su derecho como musulmán a entrar, los chicos que estaban trabajando en la restauración de la misma, dijeron que la entrada no estaba permitida a nadie. Así que nos fuimos.

Parte de la fachada de la Mezquita Andalusí, actualmente en obras de restauración

Poco después, llegamos a Place Seffarine, una zona donde se concentran los artesanos del metal. La mayor parte de los negocios estaban cerrados, aún así, nos paramos un ratito para que Abdul y mi novio pudieran reponerse un poco a la sombra del árbol de la plaza. Mientras, contemplamos la entrada de la Biblioteca Kairaouine, que forma parte del complejo de la Mezquita y la Universidad del mismo nombre. La entrada a la biblioteca está permitida también a los no musulmanes.

Biblioteca Kairaouine

Después de cinco minutos de respito, emprendimos la marcha y nos dirigimos hacia la Madrasa Seffarine, situada a pocos pasos. La entrada cuesta 20Dh por persona y yo os recomiendo al 100% esta visita. Se trata de una madrasa del siglo XIII, una de las múltiples que nos podemos encontrar en la zona de la Mezquita y de la Universidad Kairaouine. Visitarla nos puede dar una idea de cómo vivían los estudiantes de estas escuelas superiores islámicas, ya que podréis visitar toda la estructura, incluídas las habitaciones en las que dormían estos jóvenes (hoy en día vacías).

Mihrab, el rincón dirigido hacia la Meca.

Cuando salimos de la Madrasa, estaba a punto de llegar la hora del rezo, y tanto mi novio como Abdul querían ir a rezar a la Mezquita Kairaouine. Ya que yo no podía entrar, decidieron llevarme a una tienda de alfombras cercana, cuyos trabajadores eran amigos de nuestro guía. Nada más llegar, Abdul le explicó a los chicos que ellos irían a rezar y les preguntó si yo podía quedarme allí mientras tanto. Aceptaron y no solo eso, me acompañaron a su terraza, situada en el techo del edificio y desde allí, pude disfrutar de unas maravillosas vistas de la ciudad y de los techos verdes de la Mezquita y de la Universidad Kairaouine.

Mezquita y Universidad Kairaouine
Se trata de una de las mezquitas más grandes de África y la que según muchos, es la Universidad más antigua del mundo. Constituye el corazón espiritual de Fez y de todo Marruecos.
La mezquita puede albergar hasta 20000 personas durante el rezo.

Después, me llevaron a una de las salas donde fabricaban las alfombras y posteriormente, volvimos a la planta baja, donde me invitaron a sentarme en sus sofás y me ofrecieron un té. Me quedé anonadada de nuevo con la hospitalidad y lo buenos anfitriones que son los marroquíes.

Unos minutos más tarde, el chico que me había acompañado, me dijo que ellos también irían a rezar y que me dejaban sola un ratito. Cerraron la tienda y se fueron. Al rato, regresaron todos de la mezquita y les pedimos que nos enseñaran alguna alfombra, ya que no queríamos venirnos sin comprarnos una.

Nos despedimos agradeciendo por el óptimo trato y nos fuimos a otra tienda adyacente en donde nos explicaron como trabajaban la seda y otros tejidos para hacer manteles y pashminas. Nos mostraron una especie de telar y la planta de la cual se obtenían los hilos que usaban para la realización del producto final. Cabe destacar que sea en la tienda de alfombras como aquí, el proceso de fabricación, era totalmente artesanal, con uso de tejidos y tintes naturales.

Y para continuar explorando la artesanía de la zona, nos dirigimos a la Curtiduría Chaouwara, uno de los puntos turísticos más conocidos de Fez. Para disfrutarlo, tendréis que ir a uno de los múltiples negocios de pieles que las rodean y acceder a sus terrazas. Nada más entrar en la tienda, un chico nos dio unas hojas de menta. Sirve para combatir el olor generado por los productos utilizados durante el trabajo de las pieles. Sin embargo, no sé si debido a que era viernes por la tarde y estaban pocas personas trabajando, o porque iba demasiado precabida del mal olor de las curtidurías; que no me pareció que fuese para tanto.

El propietario de la tienda nos explicó que el tratamiento de las pieles realizado en las curtidurías se había mantenido igual desde la época Medieval, produciendo pieles de gran calidad. La Curtiduría Chaouwara es la más grande e importante de las cuatro curtidurías tradicionales de la ciudad de Fez. En ella, podemos encontrar dos zonas diferenciadas: una con fosas blancas y otra con fosas marrones. El proceso comienza en las fosas blancas, llenas de cal y excrementos de palomas. Allí se dejan las pieles por varios días. Posteriormente, se lavan en una enorme y antigua lavadora situada en uno de los edificios adyacentes.

Antes de pasar a teñir las pieles, los trabajadores retiran los pelos que hayan quedado adheridos. Y ahora sí, pasan a las fosas marrones en donde se encuentran los tintes, siempre 100% naturales. Los tintes rojos se obtienen de la amapola, los amarillos del azafrán, los azules del añil y los negros del antimonio. Para conseguir tonalidades diferentes, estos tintes se mezclan entre sí hasta obtener la coloración deseada.

Una vez coloreadas las pieles, los artesanos las utilizan para fabricar zapatos, cinturones, abrigos, mochilas, bolsos… que a su vez serán vendidos en los negocios adyacentes.

El trabajo en las curtidurías y de las tiendas que las rodean, funciona como una cooperativa. El oficio de los curtidores es uno de los más anhelados entre los jóvenes de Fez, ya que es el mejor pagado. Aún así, muchos de los trabajadores han obtenido su trabajo al haberlo heredado de un antecesor.

Salimos de las curtidurías y nos dirigimos a un punto importantísimo de la ciudad, incluso descrito por muchos como el corazón de la medina. Se trata del Mausoleo Moulay Idriss II. Allí se encueentra la tumba del fundador de la ciudad y uno de los soberanos más carismáticos de Marruecos.

Me sorprendió la arquitectura tan rica y recargada, pero la verdad es que me encantó. Como es frecuente en la ciudad, la entrada está permitida solo a los musulmanes, así que me quedé fuera con Abdul mientras mi novio iba a dentro y hacía algunas fotos.

Entrada al Mausoleo Moulay Idriss
Interior del Mausoleo Moulay Idriss

Desde aquí, volvimos hacia el hotel, parándonos en algunos negocios, como la Cooperativa femenina del aceite de argán, en donde nos explicaron el proceso de producción del aceite. Además, aprovechamos el paseo de vuelta para que yo pudiese ver desde la puerta lo que la Mezquita Kairaouine esconde dentro.

Mezquita Kairaouine

Hacia las cuatro de la tarde estábamos en el hotel y tras despedirnos de Abdul, nos fuimos a descansar un ratito a la habitación.

Esa tarde no hicimos mucho más. Bajamos de nuevo a dar un pequeño paseo en la medina, cerca del hotel y cenamos olivas, dátiles, pan, fruta y dulces que habíamos comprado en puestecitos de la zona. Queríamos volver pronto al hotel y descansar, ya que el día siguiente tendríamos que madrugar.

CHEFCHAOUEN, LA CIUDAD AZUL

El sábado, el despertador sonó temprano. No nos pesó mucho, porque la excursión que habíamos elegido nos hacía mucha ilusión. A las 7.30 bajamos al patio, donde ya nos esperaban para servirnos el desayuno. Mi novio ese día se saltaría el Ramadán, ya que teníamos por delante muchas horas de viaje y temperaturas altas. Poco después llegó Isham, el simpático conductor que nos llevaría a la ciudad azul, Chefchaouen.

Cuando nosotros y la otra pareja italiana estábamos listos, emprendimos nuestro viaje de unas 3 horas y media. Mientras salíamos de Fez, Isham nos señalaba algunos puntos de interés. Además, se preocupó muchísimo por nuestra comodidad en todo el trayecto.

Aproximadamente una hora después de salir de Fez, al lado de la carretera nos encontramos con un mercadillo con vistas panorámicas sobre un embalse. Allí, pudimos ver también a niños subidos a asnos, con los típicos sombreros de borlas de la zona. Nos paramos a ver el mercadillo y a hacer unas cuantas fotos.

Después de un rato, continuamos el viaje. Nos sorprendió el cambio en el paisaje a medida que avanzábamos. De terrenos marrones y rojizos en la zona de Fez, pasamos a terrenos verdes, llenos de vegetación, a medida que nos acercábamos a Chefchaouen. A cada rato, sentíamos un intenso olor a olivas y aceite, ya que en la zona las plantaciones de olivos y las cooperativas de producción de aceite son muy frecuentes.

Justo antes de llegar a Chefchaouen, Isham se paró para enseñarnos la panorámica de la ciudad. Desde lejos, se puede apreciar perfectamente cuál es la medina, ya que allí, el color azul predominante. Tanto es así, que incluso es el color de los taxis de la ciudad. Después de fotografiarla, nos subimos de nuevo al coche y nos acercó a la medina. Cuando llegamos, concordamos la hora de reencuentro y nos fuimos a explorar la ciudad.

Vistas panorámicas de la ciudad, con la medina en la parte derecha.
Medina de Chefchaouen

Varias personas se nos acercaron hablando directamente en español y se ofrecieron para hacernos el tour de la ciudad. Preferimos hacerlo solos y ellos, sin insistir, nos dieron la bienvenida y nos desearon un buen día.

La medina es pequeña, y por lo que habíamos leído, no era tan fácil perderse como en Fez. Decidimos que caminaríamos sin rumbo, disfrutando de las sorpresas que nos encontraríamos en el camino.

Como datos históricos, la ciudad fue fundada en el siglo XV, como base para las tribus bereberes del Rif. Sin embargo, tomaría mayor importancia con la llegada de refugiados judíos y musulmanos expulsados de Granada en el 1494. Es debido a estos nuevos habitantes que la ciudad adquiere un aspecto más español. Y si bien las paredes encaladas sí pertenecen a este período, el color azul no formará parte de la ciudad hasta los años 30.

Comenzamos a caminar, y a pocos metros del parking, nos encontramos la Plaza Uta el-Hammam, el corazón de la ciudad. El color azul me transmitía tranquilidad y la gente sentada en las terrazas de restaurantes y cafés de la zona (a pesar de no beber ni comer nada), me recordaba enormemente al ambiente de mi pueblo en España.

Iniciamos a callejear, cada rincón era más encantador que el otro. El contraste de colores entre el azul y los pigmentos naturales para las casas que vendían en diferentes tiendas de la zona, alegraba la vista. La sonrisa de sus gentes y su amabilidad te hacía sentir uno más entre ellos. Incluso se atrevían a bromear con nosotros y se paraban a hablarnos.

Me encantaban sus puertas y sus ventanas. La influencia mediterránea se percibía perfectamente. Los vendedores eran mucho menos insistentes, te daban la bienvenida aunque no comprases y te daban indicaciones para llegar a donde les preguntabas. Además, en las tiendas, los precios para los mismos productos, eran mucho más bajos que en la medina de Fez.

Otra característica de la ciudad era la gran cantidad de gatos que paseaban por sus calles. Y yo, amante de estos felinos, no podía evitar embobarme viéndolos.

Isham, el taxista y Mohammed, del riad, nos habían hablado de las cascadas de Chefchaouen. Después de preguntar a varios vendedores que nos indicaron amablemente como llegar, por fin pudimos disfrutar de un momento de paz. La cascada Ras el – Maa se forma en el curso del río. A ambos lados del mismo, hay dos lavanderos. Uno de ellos conserva su función y es el lugar empleado por las mujeres de la zona para lavar la ropa. El otro, ha tomado la función de bar, en donde se sirven entre otras cosas, zumos de naranja recién exprimidas. La “terraza” del bar se encuentra en una explanada construída sobre la cascada. ¡Nunca había visto nada parecido! Bajamos a tomarnos algo y a descansar de la caminata. Tuvimos la compañía de algunos ¿patos? que venían a pedirnos las rodajas de naranja que decoraban los vasos de nuestro zumo. No contentos, se iban a intentar coger las naranjas que tenían enfríando en una nevera natural: la propia agua del río.

Después de esta breve pausa, volvimos a la medina y seguimos encantándonos con la belleza del lugar. Nos encontramos con galerías de arte callejeras y con plazuelas decoradas con plantas y flores, listas para un shooting al abierto.

Después de un rato, volvimos a la plaza Uta el – Hammam. Nos sentamos a comer en un restaurante del cual no recuerdo el nombre. El camarero, un chico simpatiquísimo que hablaba muy bien español, nos acogió con alegría y amabilidad. Nos contó algunas curiosidades de la ciudad y nos explicó los platos del menú tradicional, indicándonos los más típicos de la zona. Cogimos tres platos para dividir entre tres personas, ya que la chica de la otra pareja estaba mal de la tripa y prefirió no comer. Nos decidimos por tangia chaouia, pinchos morunos de pollo y tajin de pescado. El primero de ellos es un plato típico de la zona cocinado en una especie de vasija de cerámica y en donde se combina carne de cordero con higos. Lo habíamos pedido porque tanto a mi novio como al otro chico, les encanta esta carne y por lo que dijeron, estaba espectacular. Yo lo probé, pero al no gustarme el cordero, no supe apreciarlo.

Aprovechamos también para probar el zumo de aguacate. ¡Estaba riquísimo! Y además, entre los tres, pagamos solo 170 Dh.

Mientras comíamos, varios gatos paseaban por la zona y entre nuestros pies para ver si les tocaba algo. Uno de ellos, incluso consideró perfecto el espacio entre el trasero de mi novio y la parte de atrás de la silla, para tomarse una siestecita.

Con las panzas llenas y las pilas cargadas, nos encaminamos hacia el parking donde nos esperaba Isham para llevarnos de vuelta a Fez.

La visita a esta perla azul merece la pena al ciento por ciento. Sin embargo, a nosotros se nos hizo poco el tiempo que estuvimos en la ciudad con respecto al tiempo que dedicamos al viaje. No nos arrepentimos de haber ido, pero de haberlo sabido y organizado antes, quizás nos hubiésemos quedado una noche en Chefchaouen para poderla disfrutar más en profundidad y con calma. De todas formas, esto nos puede servir como excusa para volver a visitarla.

Una vez en el riad, descansamos media hora y subimos a la terraza para disfrutar por última vez del atardecer en la ciudad. Cuando ya había anochecido, salimos a cenar. Nos decidimos por un moderno local situado en Tala Kbira en el que mi novio tomó un kebab marroquí y yo una hamburguesa con queso. Nos sorprendió la música del local, ya que nos vimos escuchando “Aullando” de Romeo Santos en un restaurante en Marruecos. Después de comer, dimos todavía un paseo por la zona y luego volvimos al riad, donde nos tomamos de nuevo un riquísimo té moruno.

VOLUBILIS, MOULAY IDRISS Y MEKNÉS

La mañana del domingo nos levantamos temprano, ya que queríamos aprovechar el tiempo antes de coger el vuelo a las 4 de la tarde. En el riad nos adelantaron un poquito la hora del desayuno para que pudiésemos estar listos cuando llegase el taxista. Como véis, se mostraron disponibles en todo momento, y la cercanía con la que nos habían tratado, hizo que sintiese incluso un poco de pena al despedirnos de ellos.

Sobre las ocho de la mañana estábamos ya en el coche rumbo a Volubilis, donde disfrutaríamos de las ruinas romanas mejor conservadas de Marruecos y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1997. La entrada al recinto cuesta 70Dh por persona.

El día era soleado, pero las temperaturas no alcanzaban los picos de los días anteriores. Aún así, la casi ausencia total de sombras en la llanura de Volubilis, hizo que la sensación térmica aumentase. Si decidís visitarlo en verano, id provistos de protección solar, gorro y agua.

Basílica
Basílica

La ciudad de Volubilis fue fundada en torno al siglo III a. C., sin embargo, no se anexionó al Imperio Romano hasta el 40 d. C. En la actualidad, los monumentos que podemos ver son el arco del triunfo, la basílica, el capitolio y las termas. Además de impresionantes mosaicos originales.

Arco del Triunfo dedicado al emperador Caracalla
Arco del Triunfo

Nuestro paseo en la antigua ciudad duró en torno a dos horas, sin guía y sin pararnos demasiado. Os recomiendo iros con más calma y contratar a un guía que os explique cada una de las partes de la misma. Aunque habíamos leído la historia de la zona y observado el mapa durante la visita, algunas dudas al respecto quedaron sin resolverse.

Después de la visita, volvimos al coche donde nos esperaba el conductor y nos dirigimos hacia Moulay Idriss, situada a unos cinco quilómetros de distancia. Por falta de tiempo, decidimos solo ver la panorámica de la ciudad blanca. Su acceso a los no musulmanes se permite desde 1912 y el pernoctamiento en ella es posible solo desde 2005. Como consecuencia de esto, mantiene su esencia y su ritmo de vida tranquilo.

Vistas panorámicas de Moulay Idriss
Moulay Idriss y el Mausoleo con su mismo nombre en el centro
Moulay Idriss

La ciudad tomó el nombre del primer fundador de una dinastría idrisí y descendiente directo del profeta Mohammed, Moulay Idriss I. Su salma se encuentra en el Mausoleo al que también da nombre y constituye la principal meta de peregrinación del país.

Después de esta pequeña parada, subimos de nuevo al coche y nos dirigimos a Meknés, otra de las ciudades imperiales de Marruecos.

Como era ya costumbre, antes de llegar, el taxista se paró para enseñarnos la panorámica de la ciudad. Luego nos acercó al centro, y de camino pudimos ver alguna de las puertas de la medina. Teníamos poco más de una hora para verla, así que decidimos buscar la puerta Bab el-Mansour, que quería ver ya desde antes de empezar el viaje. Nada más encontrarla, me sentí feliz por haber insistido en hacer la excursión.

Bab el-Mansour

Después de hacer unas cuantas fotos, nos dirigimos a Place el-Hedim, la plaza principal de la ciudad. En la calle se podía intuir ya el bullicio del mercado situado en sus inmediaciones. Lo que no nos gustó es ver a los monitos encadenados para que sus propietarios ganasen un dinero a cuenta de los turistas que querían hacerles fotos. Nosotros preferimos no contribuir a este tipo de actividades en las que se priva de libertad o se maltrata a animales.

Place el – Hedim

Nos encaminamos hacia la medina, sin embargo, los mercados que estábamos viendo (llenos de negocios que vendían imitaciones y pocas artesanías) no nos llamaban demasiado la atención. Debido a la falta de tiempo, tuvimos que dar la vuelta. Una vez en la plaza, nos dirigimos a un restaurante donde pedimos algo para comer, en mi caso, un kebab marroquí con queso, y nos lo llevamos. Ya lejos de la muchedumbre, al lado del parking, comimos mientras esperábamos a nuestro taxista, que nos llevaría al aeropuerto.

De camino al aeropuerto, nos encontramos con esta sorpresita

Una vez allí, nos dirigimos al mostrador de facturación, ya que incluso las maletas de mano que van en cabina tenían que pasar por allí. Luego rellenamos de nuevo la tarjetita y nos fuimos al control de pasaportes y al control de seguridad. Una vez dentro, visitamos algunos negocios. Que sepáis que solo se aceptan Dh en la compra de productos locales o en uno de los bares, por lo que os recomiendo que no dejéis demasiado dinero marroquí sin gastar con la intención de usarlo en el aeropuerto.

Nuestro viaje llegaba a su fin, lo que me provocaba tristeza; pero al mismo tiempo me iba llevando a Marruecos en mi corazón. Me ha sorprendido gratamente a pesar de llevar ya espectativas bastante altas. Se trata de un sueño cumplido, uno de los que llevaba arrastrando por mucho tiempo. Y otro lugar más al que espero regresar lo más pronto posible.

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